Crónicas
Quito, a dos cuadras del cielo
Cuando en 1975 la editorial alemana Peter Hammer decidió publicar un libro sobre ciudades de América Latina, llevada por la creencia errónea de que todas las capitales se parecen, pidió que los colaboradores escribiéramos sobre ciudades de provincia. En aquel momento yo sólo estaba dispuesto a escribir sobre Quito y cuando apareció el libro advertí que algo similar había sucedido con Sebastián Salazar Bondy, quien trató, como de costumbre, de Lima la horrible; Juan José Sebreli que escribió sobre Buenos Aires, Augusto Roa Bastos sobre Asunción, Carlos Martínez Moreno sobre Montevideo y Octavio Paz sobre Ciudad de México. En cambio William Agudelo, Manuel Zapata Olivella, Mario Vargas Llosa, Eduardo Galeano, Héctor Tizón, Héctor Yanover y William Thayer Arteaga escogieron ciudades menores.
Contaba yo entonces que en nuestra infancia, cuando el ostentoso árbol de Navidad no había sustituido aún al pesebre de las familias pobres, los muchachos del barrio dábamos comienzo, nueve días antes de la Nochebuena, a la construcción del Nacimiento. Dado que ninguno de nosotros había viajado ni sabía a qué se parecía Belén de Judea, nos resultaba siempre algo como una imperfecta maqueta de Quito. Comenzábamos por darle su color verde de «primavera perpetua» con un trozo de papel secante y a levantar montañas de cartón y de papel maché recubiertas de musgo y corcho molido.
Como desde nuestra ventana veíamos las puntas blancas de los Ilinizas y el Cotopaxi trazado con compás, como en una cartulina, en la tierra, y sabíamos que existe el Sincholagua «como un diente roto», poníamos en las cumbres de las cordilleras una nieve casera hecha de trozos de sal y granos de azúcar. A un lado, el Pichincha, que tras una erupción se quedó con el cráter bostezando hacia el oriente. Más pequeños, el Itchimbía y San Juan, como aldeas de montaña superpuestas a la ciudad del valle. Así, Quito parecía yacer en el cuenco de una mano cuyos dedos serían esas callecitas que trepan y se pierden en el horizonte. Y en el centro matemático de la que iba a ser la aldea natal del Niño Jesús construíamos el Panecillo «desde donde por la noche puede verse toda la ciudad como un ondulado tablero riguroso: sobre un fondo negro, líneas y puntos amarillos (son las luces de las calles) y otros rojos y verdes (son los automóviles y los afortunadamente raros letreros de neón), un Quito boogie woogie que hubiera pintado Mondrian»[1]. En cambio, un compañero que revelaba una tendencia precoz al realismo, trató una vez de poner un cabo de vela debajo del Pichincha, aunque la montaña tutelar no echa humo, sólo porque en la fachada de una iglesia habíamos leído una inscripción: «Año de 1660 a 27 de octubre rebentó el bolcán Pichincha a las nueve del día» (lo que, de paso, debe haber contribuido a nuestra mala ortografía) y otro, en cierta ocasión, pretendió trazar el camino por el cual se fue Orellana hasta el Atlántico. (En el mapa parecía que Quito tuviera al Amazonas preso en una red sujeta por su mano). Pero, como dijo la vecina, para eso habría sido necesario construir el Nacimiento en toda la casa.
Con una tira delgada, delgadísima, de papel estaño representábamos el Machángara, puesto que lo cruzábamos de un brinco cuando faltábamos a la escuela para ir a robar moras, y con dos trozos de espejo las lagunas de la Alameda, sin saber todavía que diez años más tarde iríamos allá con la primera chiquilla que tuvimos «a pasear en bote», verdadera aventura que no entrañaba para ella peligro alguno. Ni siquiera el de ahogarse. Lo más difícil era el cielo. No habría habido problema si a alguien se le hubiera ocurrido reproducir, con polvo de carboncillo esparcido con ayuda de una muñeca de algodón en una cartulina arqueada, esas nubes que la tarde convoca y que hacia el crepúsculo mojan con su lento llanto sucio una taza de neblina o estallan en aguaceros cuando redoblan todos los tambores de la artillería celeste. (Cuando se prolongan, con la «estación de las lluvias» —entonces se decía que en Quito llueve trece meses al año, pero no es verdad, aunque a veces se descuelguen furiosas tempestades incluso en agosto— hasta febrero o marzo, no logran frustrar esa declaración de amor o simpatía que para los muchachos consiste en arrojar, durante el carnaval y aún antes de esos tres días, globitos de goma llenos de agua a las chiquillas cuando salen de la oficina o del colegio).
No. Hablo del otro cielo, del consuetudinario hasta el mediodía, porque no hay papel ni pintura ni paisaje con ese azul «aurora», como lo llaman los indígenas, azul único, debido quizás al aire delgado, a la transparencia del aire a través «del cual el sol quitensis duda, según la hora, entre el castigo y la ternura. O tal vez porque, si el cielo fuera realmente una bóveda regular como la que fabricábamos, «Quito sería el lugar más cercano a él, puesto que se encuentra en el punto más alto de la faja más ancha del planeta». Pero no sólo por eso. Aun antes de saber a qué distancia está de la línea equinoccial, repetíamos con el gozo de quien domina un trabalenguas que, además, es verdad: «En la Tierra Quito, y en el cielo un huequito para mirar a Quito». (No sé por qué el traductor alemán puso plaza en lugar de huequito; al comienzo me dolió, pero luego, generoso con nuestra inmensa propiedad terrestre, me dije que era mejor así: de este modo los lectores alemanes, si van allá arriba, tendrían más espacio para asomarse a ver, acá abajo, «la cara de Dios»). No es por azar que expresiones populares como éstas y títulos de libros o de capítulos de libros —Quito, arrabal del cielo, «Quito, puerta del cielo», «Quito, zaguán del paraíso»— coinciden en señalar el cielo como punto de referencia para situar a Quito en la Tierra. (Hubo, además, una película en la que un gánster generoso, simpático y enamorado soñaba con dar su último golpe para luego retirarse a Quito, «donde —le aseguraba a ella— se pueden coger las estrellas con la mano»).
Cuando terminamos nuestra tarea de dioses en la semana laboral —porque ya habíamos puesto en las laderas de las montañas asnos, ovejas y bueyes de masa de pan junto a unos camellos y dromedarios de celuloide, sobrantes de algún pesebre ajeno, que las mamás guardaban en un baúl, y también algunas parejas de indios, o sea que en ese universo en miniatura ya estaba el hombrecito humano— pasábamos a la de urbanistas. Reconstruíamos manzanas de casitas blancas, bajas, amontonándose unas sobre otras, poniéndose en puntas de pie para ser más altas que sus vecinas y a cuyas ventanas del primer piso solían asomarse las muchachas, por la tarde, con su aburrimiento de prisioneras o, por la noche, a escondidas de los padres, a escuchar la serenata de un novio clandestino, y a las de la planta baja o al zaguán a besarse con el afortunado. Evidentemente no podíamos, nuestros dedos no podían, ajustarse a los planos de esa arquitectura que dictaba un hidalgo español: «Hacedme un gran patio cuadrado y en el sitio que quede ponedle algunas habitaciones», seguramente inspirado en el trazado de la ciudad. Porque sí pudimos, más de una vez, reconstituir la Plaza Grande como un patio cuadrado y en torno, como habitaciones, la catedral, el Palacio de Gobierno, el Palacio Arzobispal y el ahora horrible Municipio de Quito, o lo que más se le pareciera. Pero era imposible —o quizás nadie lo intentó jamás— reproducir el Hotel Majestic con su arquitectura esperanto —ahora lo llaman estilo ecléctico— o traducción simultánea a un estilo diferente en cada piso.
Por aquella época había en los bajos del Palacio de Gobierno covachas donde se vendía papel sellado y otras «especies valoradas», y en los portales restantes, con tronos para quienes querían hacerse poner el sol en los zapatos, las «cajoneras» exhibían cintas, encajes, botones, alfileres, cintillos, muñecas de trapo. El auge turístico y el aumento de la pobreza han conducido a una degradación de la plaza: han proliferado en ella pequeñas tiendas de souvenirs, esa pacotilla que pretende reemplazar a la hábil artesanía popular, e incluso «cabezas reducidas»; y otras de sándwiches, jugos de fruta, pasteles, dulces, bebidas gaseosas; sin lugar fijo, los vendedores de cigarrillos por unidades, chicles, hojas de afeitar, artículos de contrabando, lotería. He visto hace poco a una señora que en la escalinata de la catedral vendía alternadamente «limones sutiles» (que es la deformación local de «ceutí») y huevos duros.
Cómo imitar el retorcimiento de la piedra en la fachada de las iglesias que hasta hoy no sabemos si son templo o escultura habitable. Y nos contentábamos con cualquier estilo o forma, a condición de que tuviera torres, poniendo particular empeño en el atrio y el pretil: en el de San Francisco nos ayudaba a veces una hermana de alguien, sonriendo a nuestra afirmación de que el diablo lo construyó en una noche para recuperar un alma que se le escapaba. Con ayuda de una copa trazábamos las escaleras en semicírculos donde se venden algunos subproductos religiosos: estampas, cromos, medallas, incienso. Y esa plaza —por la que aún pasan indios «rechonchos, braquicéfalos», como los viera Henri Michaux, con un armario o un refrigerador sujeto a la frente, lugar de arribo de la procesión del Viernes Santo en la que unos encapuchados se azotan con látigos y cadenas en una penitencia que tiene algo de masoquismo exhibicionista— era al atardecer del 5 de diciembre el punto de partida de la población urbana que, en conmemoración del aniversario de la fundación española de Quito, se desparramaba desde allí por todas las calles de la ciudad: dúos, tríos, coros, conjuntos musicales y hasta individuos solos cantaban el orgullo de ser quiteños. (Se trata de un eufemismo que significa la mayor parte de las veces «vivir en Quito». Un borrachito que, con una lámpara en la mano, pregonaba: «No sé si me habré divertido, no sé si me habré aburrido, en medio de tanto chagra», preguntaba después: «Dónde habrá un quiteño, por amor de Dios». Me han dicho que la fiesta es ahora una sola, larga, inmensa borrachera colectiva).
La ciudad terminaba en la Avenida Colón, paradero final del tranvía. (Ahora creo, aunque tardé mucho en creer, que había, como siempre en Quito, una avanzada de la civilización hacia el norte. Porque antes fue San Blas, donde se encontraba el que debió haber sido delicioso infierno de «Mademoiselle Satán», cantada por Jorge Carrera Andrade; luego las casas de luces verdes más allá de El Ejido; en mi adolescencia, cerca de lo que es hoy el aeropuerto). Pero en nuestro Nacimiento no entraba la «ciudadela» Mariscal Sucre: un italiano había cometido en ella repetidos crímenes arquitectónicos: casas de dos pisos con cúpulas doradas y minaretes o con paredes empedradas —«patios parados» las llamaba la gente— y otro, ignoro de qué nacionalidad, comenzaba a erigir entonces la iglesia de Santa Teresita: un gótico de cemento y arenisca.
El norte tiene algo de una ciudad extranjera adherida a la ciudad «patrimonio de la humanidad». Como en una competencia, cada alcalde ha tratado de superar a su predecesor en la construcción de túneles, miniautopistas jorobadas y pasos a desnivel, mientras empresarios y arquitectos parecen competir en la construcción de hoteles impersonales, iguales a los de Panamá o de Tokio. Todo ello ha cambiado un poco el carácter pero no la personalidad de la ciudad. Terca, tozuda, tenaz, ella se defiende imponiendo su paisaje y su luz sobre todo cuanto pudiera ser falso o advenedizo. Y no esconde la pobreza: a la puerta de elegantes restaurantes, unas niñas flacas como mosquitos ofrecen a los comensales y a los transeúntes, tiritando en la noche, flores tristes como ellas y como ellas marchitas antes de hora.
Diners 67, diciembre de 1987
[1] J. E. A., «Und im Himmel ein Platz, um Quito zu Sehen…» (Y en el cielo un huequito para mirar a Quito…), en Städte in Lateinamerika de Kajo Niggestich, Wuppertal, Hammer Verlag, 1976.
Crédito de imagen: ©Foto de Danny Arte form PxHere

