Jorgenrique, de cerca y de memoria

Decía Eduardo Galeano que la palabra “recordar” viene del latín re-cordis: re- significa volver; cordis, corazón. Recordar significa entonces volver a pasar por el corazón.

Cuando Santiago Ríos me invitó a participar en este coloquio, pensé mucho en esa frase, pues lo hizo con la idea de que yo pudiera hablarles “de cerca y de memoria” —como, por cierto, se llama uno de sus libros— del Jorgenrique cotidiano, del escritor casa adentro, puertas adentro… Y para hacerlo tenía necesariamente que volver a pasar por el corazón…

Todo ello, claro, remite a la infancia y, en mi caso concreto, a la primera carta que me escribió cuando yo apenas tenía dos años. Y lo cito: “…en esta lluviosa noche de 1951, pensando / en tantos nombres castigados, / en tantos sufrimientos padecidos / para que tú no llegues a sufrir…”.

Los originales de esa carta, escrita en papel amarillo y en su máquina Underwood, reposaron doblados durante muchos años en un cofrecito otavaleño que se llevó la policía cuando allanó nuestro departamento, en tiempos de la dictadura militar de comienzos de la década de 1960. Jorgenrique estaba en el exilio; mi madre, Magdalena, fue encarcelada tras el allanamiento, y mi hermana Rosángela y yo lo alcanzamos con ella poco tiempo después en Europa.

Nuestra vida de hijas pequeñas transcurrió como, suponíamos, debía transcurrir en casa de cualquier escritor que tomara en serio su oficio, claro, y que tenía, como el propio Jorgenrique dice en uno de sus poemas, que vivir “ganándose la vida en esto de perderla entre papeles”, porque normalmente es un oficio que se perpetra en la noche, tras llegar de cumplir con otro en que se suda la camisa o se desgastan los ojos detrás de un escritorio de burócrata.

Todos salíamos temprano de casa. Nosotras a estudiar; mi padre, al trabajo —recuerdo uno en que “volvía inteligibles” las instrucciones para el uso de los medicamentos que distribuía un laboratorio y otro en que calificaba películas para su proyección en las salas de cine del país—. Pero también recuerdo cuando comenzó a trabajar en lugares que resultaban más familiares, como la Casa de la Cultura Ecuatoriana y el Ministerio de Educación. Y mi madre, multioficios ella, tras ocuparse de las labores de la casa, salía a lo que surgiera: desde vender colas en las funciones de algún circo de paso hasta trabajar como costurera conjuntamente con la esposa de otro escritor…

Él guardaba con esmero encomiable la habitación que hacía de “escritorio”, la llamábamos entonces; “estudio” diríamos ahora. Mi madre la cuidaba como un santuario donde era posible cometer un único pecado: escribir. Llegada la hora, cuidaba también que hiciéramos silencio para que la escritura pudiera cometerse. Era un momento, ya en la noche, que compartíamos las tres en su dormitorio o en el nuestro.

La hora del almuerzo era privilegiada. Todavía había dos jornadas en las escuelas y colegios, de modo que mi hermana y yo volvíamos a casa, y era sagrado el concierto del mediodía de la radio HCJB. Desde muy chicas aprendimos a identificar a los autores y comenzamos a tener nuestras preferencias: a mi hermana le apasionaba Brahms y yo me inclinaba más bien por Rachmaninov. Jorgenrique era muy fan de “San” Juan Sebastián Bach, como lo llamaba, y mi madre no escondía su pasión por Chopin, cuyo vals número siete interpretaba magníficamente en cuanto tenía un piano delante.

Pero no solamente se escuchaba a los clásicos. El jazz nos llegó muy pronto en la vida y Armstrong, Ella Fitzgerald y Thelonious Monk nos acompañaban con mucha frecuencia durante la cena. Los domingos, los amigos arquitectos de entonces llegaban a casa a compartir entusiastas el Take Five de Brubeck o el incomparable saxofón de Charlie Parker… para después cerrar el atardecer con la voz aguardentosa de doña Chavela Vargas, uno que otro valsesito de la señora Dolores Pradera o con los ejes de la carreta que arrastraba don Atahualpa Yupanqui.

Ya también andábamos familiarizadas con las bailarinas de Degas, los girasoles de Van Gogh… con Picasso y las esculturas de Giacometti. Digamos que la nuestra era una suerte de “casa de la cultura” donde todo eso se respiraba como pan de todos los días.

Por demás está decir que la lectura no fue precisamente un pasatiempo, sino un hábito que cultivamos desde muy chicas, leyendo a los grandes de la literatura no en versiones resumidas sino, llegado el momento, debidamente asesoradas por papá y mamá.

Lo que sí me diferenció de las otras dos mujeres fue que yo tuve la suerte de que Jorgenrique me llevara los sábados al estadio del Arbolito, sobre todo a los partidos de la Liga, equipo al que le soy fiel a morir desde entonces. Hay que confesar que las mamás nos enviaban con los papás como una suerte de “volvedores”; es decir, para hacer que volvieran el mismo día a la casa y no se quedaran hasta el domingo, lunes incluso, festejando la victoria o condoliéndose de la derrota.

La política era un tema de conversación permanente en casa: la revolución china, la dictadura franquista, la revolución cubana, la guerra de Vietnam, Martin Luther King, Angela Davis… el velasquismo, el “coronelato” que nos llevó al exilio en 1964.

Dos años estuvimos en Pekín, donde la cotidianidad tomó un giro distinto. Era otra cultura, de la que mucho aprendimos, en una experiencia distinta pero decisiva para cada uno de nosotros.

El propio Jorgenrique se encarga de relatar lo que a él le incumbe:

“A los 14 y 9 años —y cito—, mis hijas podían volver a medianoche de la Ópera de Pekín al hotel, a 15 kilómetros de distancia, sin que nadie se les acercara a fastidiarlas, o sea que no era ahí donde aprenderían a defenderse de seductores y delincuentes; yo participaba en manifestaciones de solidaridad con Panamá y el policía nos aplaudía, con lo cual no iba a recuperar mi capacidad para escapar a la policía latinoamericana”.

“Además, y eso era lo peor —prosigue—, no podía escribir: dije alguna vez que para ello quizás me hacían falta los problemas personales, tal como les sucede a quienes, tras haber vivido mucho tiempo cerca de una estación de ferrocarril, se mudan a otro barrio: les hace falta el ruido para dormir”.

China fue, además, el escenario más propicio para poner a prueba la consecuencia con los principios y valores que llevábamos en las valijas. No se trataba ya solamente de hablar de ellos alrededor de la mesa familiar: estábamos viviendo en una sociedad que pretendía haber hecho de algunos de esos principios una forma de organizar la vida cotidiana. El nivel de exigencia irrenunciable que Jorgenrique imponía a cada acto de su vida —y, por ende, sobre todo a la escritura— se volvió casi una práctica habitual para nosotras también porque, además, era un atributo bastante generalizado entre los chinos.

A sus 16 años, junto con la literatura, Jorgenrique había descubierto el marxismo y el psicoanálisis. Freud le había ayudado a entender al individuo y Marx, a entender la sociedad. En muchas ocasiones explicó que, cuando descubrió esas corrientes de pensamiento, tuvo la sensación de poseer las llaves de las puertas del mundo, aunque, como también señaló muchas veces, “después hayan cambiado las cerraduras”.

Pekín le permitió confrontar una de aquellas llaves con la realidad. “Pese a todo —decía años después en una entrevista—, han seguido siendo útiles, porque ninguna de las dos pretendía ser profecía. Son sistemas de pensamiento que siempre tendrán validez, no como patrones de comportamiento, mucho menos como profecía, sino como maneras de percibir la realidad”.

Y a veces esa confrontación entre maneras de percibir la realidad se manifestaba en algo tan sencillo como los refranes.

En una ocasión, un compañero de trabajo le pidió ayuda para entender algunos que debía traducir al chino. No comprendía por qué el “ladrón que roba a ladrón” habría de tener “cien años de perdón”, si el delito era el mismo. Tampoco veía por qué podía el “ojo del amo engordar al caballo”, si ya ni siquiera existía el concepto de “amo” en esa sociedad y el trabajo era un compromiso personal y no una tarea que debía ser vigilada… Y así siguieron hasta llegar a “la gloria ajena quita el sueño”. Este sí lo entendía, dijo el traductor: “Habla de la felicidad que uno siente cuando un camarada triunfa en lo que hace”, le explicó a Jorgenrique, quien, con mucha tristeza, lo sacó de su engaño.

Las cosas y el tiempo pasaban de muy otro modo por allá. Y los refranes también, desde luego. Solo como ejemplo cito algunos:

No por mucho estirar las mieses crecen más aprisa.
La puerta mejor cerrada es aquella que puede dejarse abierta.
Si no quieres que se sepa, no lo hagas.
Una sola mano no puede aplaudir.
Un solo árbol no hace un bosque.

Dos años después nos instalamos en París y, luego de tres, mi madre, mi hermana y yo volvimos a Ecuador. Durante las dos décadas que Jorgenrique permaneció en Europa —concretamente en París y Ginebra—, lo visité prácticamente cada año y él venía cada dos. Mantuvimos una correspondencia cuya impecable puntualidad se vio en pocas ocasiones afectada por una que otra huelga de los empleados postales de Francia o, más frecuentemente, por la lentitud de nuestro correo nacional.

En Mayo del 68, sus cartas eran verdaderos “partes de guerra”, armados con los grafitis de los muros de lo que llamó el “único movimiento en que participó la poesía y en que se luchó contra la estupidez”. Por carta compartimos las desgarraduras de las dictaduras militares del Cono Sur y, para los distintos retornos a la democracia en el continente, ya estuvo de regreso en su Ecuador amargo y le reconoció las testarudas “señas particulares” que siguen siéndole características… para bien y para mal.

Había pasado buena parte de su vida mirando al país desde lejos. Volver significaba mirarlo otra vez de cerca. En una entrevista resumió, como sigue, lo que supuso su regreso:

“Tengo la impresión de que la patria, de lejos, era como una amante con la que tenía relaciones pasionales que me hacían rechazarla y reconciliarme; y que de cerca es, pese a la vulgaridad de la imagen, como la madre a la que no por quererla se deja de verla a veces fea, siempre pobre, generalmente injusta. El hecho de juzgarla está mal visto aquí, como si por habernos parido no cometiera errores, como si habernos parido no fuera en sí mismo un error. Pero yo he reivindicado, desde la adolescencia, el derecho a criticarla, precisamente porque es humana”.

Durante los 22 años que “pasaron volando” hasta su partida, fuimos incluso vecinos: toda la familia —ya subdividida— ocupó distintos departamentos en el mismo edificio. Después de tantos años en que cartas, viajes y visitas habían tenido que salvar las distancias, la convivencia cotidiana hizo crecer los vínculos que se habían ido tejiendo entre él y yo a lo largo del tiempo.

La dedicatoria que puso en mi ejemplar de sus Memorias (in)completas da fe de ellos:

“Para Alejandra: amiga, compañera, hermana, colaboradora, cómplice, coautora, hija. Con amor”.

Gracias, Jorgenrique…

…y a ustedes por compartir esto conmigo.

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