Poemas

LAMENTO Y MADRIGAL
SOBRE PALMIRA1

El polvo, el tiempo, áspera
y difícil soledad, desolado
mantel seco: aquí no hubo
nunca el caserío, la planta,
los dedos de la lluvia:
            tierra rota
hasta la harina, paisaje ciego
que el viento cambia de lugar.

Rara vez en la deshabitada
sábana que huye, un cuerpo,
una pareja; nunca la moneda
o la cruz incomprensible
del descubridor, nunca la ruina
duradera de dios en el erial perdido;
ni lágrimas, ni espinas, ni vidrios
rotos para la pisada antigua
del aborigen, porque sólo destrozo,
sólo agria piel de arena,
sólo semanas y siglos que bajan
a Palmira por la delgada
cintura del aire, sólo aire.

Yo, que salí de mujer como del alba,
que ardí, que he muerto pocas veces
todavía, y todavía espero por las cosas,
hoy vuelvo con la misma camisa
que tocaron los pechos de tantas despedidas,
vuelvo y te encuentro en tu liviana
muerte de materia, y me detengo,
no por duda en los pies, no de paso
a la ciudad: es por destino,
y traigo mi alma llena de tu páramo,
de escombros, de huesos cuyo nombre
reconozco y debo enterrar inútilmente:
sólo lamento y plural dolor el alma.

Porque en las visitas, en las fiestas
donde alguien agoniza, porque
en los restaurantes, en los diarios, en la gente
que habita casas y familias,
hay alguien que dice algo, hay un suceso
caído como un muerto tras la puerta,
sufro de noticias, de necesidades
puras, y no puedo más, no puedo
despegarme de fantasmas que corren
buscando domicilios, no puedo
sino escuchar con el oído
apegado a tu alma.
            Ah solitaria
abandonada por la voz, ah dejada
del duradero río, gran cementerio general:
frente a tu mar que esparce su esqueleto
lloro y digo, no rezo, no prometo, pero pienso
en los muertos a escondidas de mí,
en la alta gavilla de los seres que a la tierra
volvieron por la terca hipotenusa.

Si a tu orilla general, si
a la ceniza de tu edad incierta,
si a tu aventura de obstinado
duelo, como el animal de nuestra
tribu triste, yo fuera con mis uñas
a escarbar la última arcilla
que busca mi vasija, fuera
el arenero que te aclama.

Yo te amo, distancia y resistencia, amo
el cristal vencido de tu oscura
substancia donde no encuentro golpeada
a la familia, no encuentro la multitud
que alguien azota, ni las habitaciones
ni las piedras de las habitaciones,
y aun así, aun debiendo con los labios
ir a tocar la frutal ternura
de mi ciudad, mi escuela y sus tinteros
derramados, yo vengo aquí primero,
y aun aquí está la patria,
su cuerpo torrencial o el granizo
violento que a veces me golpeaba
el corazón.

            Baldía propiedad
de mi único territorio: acoge
estos trozos de ajenas desventuras
que también nos pertenecen.

[1] Región desértica de Ecuador.

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